Sindicalistas
Hoy llego al cantón - mi centro de operaciones - con un optimismo sorprendente, con una sonrisa inexplicable, alegre, distendida, serena. Y es que hoy llego con ese aire de “paso de todo” que me hace ver las cosas desde otro punto de vista, con otra perspectiva, así, como con distancia… tanta, que hasta da miedo. Pero fijo, fijo, que alguien va y… en fin, mejor, dejémoslo.
Entro en el vestuario y me dispongo a disfrazarme, primer y fundamental paso para comenzar mi labor. Abro la taquilla dispuesta a enfundarme en ese increíble traje verde cuando… ¿ein?, ¿¡¡pero dónde están mis cosas!!? La taquilla está desierta, más limpia que la patena, ni una mota de polvo… y claro, ni unas botas, ni un chubasquero, ni una camisa, un pantalón. Ay, que ya estoy viendo el panorama… pues a esperar, que lo que me faltaba a estas alturas era salir con mi ropa de casa. Demasiado bonito se presentaba el día. Confirmo el hecho - o más bien, hurto tan inusual - analizando cada recoveco, cada rincón, más que nada por lo insólito, que nunca se ha visto robo igual. ¡Vamos, que ya hay que ser cutre!
Me aseguro, informo, y como no, me siento. Venga, a esperar ropita nueva. Hoy ya he echado la mañana… eso pienso yo, porque me la traen como el rayo, menudos son estos cuando se trata de trabajar. Todo, todo, menos mis botas, ese componente básico sin el que no salgo ni de coña. Así que voy, y muy resuelta, me niego a empezar. Sí, sí, pero como ya decía yo, fijo que alguien va y… ¿y ese alguien se llama…? <<>> me dice el sindicalista de turno en tono confidencial. <<>> <<>> continúa << ¿estás dispuesta a quedar mal con ellos por esta tontería? >> << ¿¡¡Cómo!!? >> No, seguro que no he entendido bien. Seguro, seguro, que ha querido decir otra cosa. Vamos… segurísimo. Así que, convencida de mi error, o más bien, de mi mala audición - debe de ser la edad - me apoyo en una de las barandillas que hay justo en la puerta. << ¡¡¡Pero, qué haces!!! >> Y claro, me reincorporo de un salto. Imagino qué sé yo, que está recién pintada, que he machacado un adorable bichito que caminaba por allí sin meterse con nadie, o algo más mundano, que me he apoyado en una enorme caca de paloma. Claro, que yo, no soy sindicalista, y en mi completa ignorancia - ¿he dicho alguna vez que no doy para más? - aún no me doy cuenta de esos pequeños detalles que me hacen ser… sí, un simple peón. Lo miro atenta, con expectación, con inquietud, y con una cara de no enterarme que ni te cuento. Ya lo dije, no pertenezco a la élite, al sindicato, esa gran familia… <<>> palabras que salen de su boca de un golpe, quién sabe si habrán pasado por su cerebro, pero así que las lanza el tío sin cortarse. Miro la barandilla, lo miro a él y cómo no, me miro sí, el culo aferrándome a la idea de que en el fondo, él piensa en lo de la caca de paloma. <<>> Ahí lo tenemos: mi representante, mi defensor, mi héroe de andar por casa. Lo dicho, alguien iba a fastidiarme el día.
Y a todo esto, intento desviar la conversación no sea que se ponga a llorar, imaginándose al encargado llegar y verme de esta guisa. <<>> medito sin llegar a terminar. <<>> responde él - sí, el sindicalista - <<>> Ah, ahora ya está claro. Sí, sí, cristalino. Yo, en mi increíble torpeza no habría sido capaz de dar una respuesta tan elaborada y dicho sea de paso, tan acertada. Aún así me arriesgo - cuán osada es la ignorancia - y de nuevo, pregunto. <<>> y antes de que llegue a terminar - oír para creer - me habla de - me cuesta hasta decirlo - ¡la mili! obligatoria en sus tiempos, origen de increíbles anécdotas para contar y contar y… muy útil en estos casos. <<>> y lo dice así, indignado pero contento, respaldando a no sé muy bien quién - de la empresa -que se había atrevido no sólo a abrir MI taquilla, sino a coger MIS cosas. Vaya, pues no sé por qué a mí me parecía raro… mejor, lo ignoro. Pero ahí que sigue, haciendo como que invierte su tiempo en salvaguardar la dignidad de los operarios - simples mortales - estrato al que dejó de pertenecer hace ya tiempo y al que, bajo ningún concepto volverá. Esto queda patente en el mismo momento en que aparece mi digamos, inmediato superior, incapaz él mismo de explicar el hecho. Yo pregunto, de nuevo sí, ¿parecía que me había quedado claro?. Él balbucea y el otro - mi defensor - babea y sonríe a la que se muestra conciliador… paso, abandono el optimismo, la sonrisa, la alegría, la distensión, la serenidad… Tomo fuerzas, aguanto la respiración y... nada, que ahora los dos se van a tomar un café. Lo último, ya lo decía yo. Qué gran día para que aparezca alguien y… en fin, mejor, dejémoslo.
Entro en el vestuario y me dispongo a disfrazarme, primer y fundamental paso para comenzar mi labor. Abro la taquilla dispuesta a enfundarme en ese increíble traje verde cuando… ¿ein?, ¿¡¡pero dónde están mis cosas!!? La taquilla está desierta, más limpia que la patena, ni una mota de polvo… y claro, ni unas botas, ni un chubasquero, ni una camisa, un pantalón. Ay, que ya estoy viendo el panorama… pues a esperar, que lo que me faltaba a estas alturas era salir con mi ropa de casa. Demasiado bonito se presentaba el día. Confirmo el hecho - o más bien, hurto tan inusual - analizando cada recoveco, cada rincón, más que nada por lo insólito, que nunca se ha visto robo igual. ¡Vamos, que ya hay que ser cutre!
Me aseguro, informo, y como no, me siento. Venga, a esperar ropita nueva. Hoy ya he echado la mañana… eso pienso yo, porque me la traen como el rayo, menudos son estos cuando se trata de trabajar. Todo, todo, menos mis botas, ese componente básico sin el que no salgo ni de coña. Así que voy, y muy resuelta, me niego a empezar. Sí, sí, pero como ya decía yo, fijo que alguien va y… ¿y ese alguien se llama…? <<>> me dice el sindicalista de turno en tono confidencial. <<>> <<>> continúa << ¿estás dispuesta a quedar mal con ellos por esta tontería? >> << ¿¡¡Cómo!!? >> No, seguro que no he entendido bien. Seguro, seguro, que ha querido decir otra cosa. Vamos… segurísimo. Así que, convencida de mi error, o más bien, de mi mala audición - debe de ser la edad - me apoyo en una de las barandillas que hay justo en la puerta. << ¡¡¡Pero, qué haces!!! >> Y claro, me reincorporo de un salto. Imagino qué sé yo, que está recién pintada, que he machacado un adorable bichito que caminaba por allí sin meterse con nadie, o algo más mundano, que me he apoyado en una enorme caca de paloma. Claro, que yo, no soy sindicalista, y en mi completa ignorancia - ¿he dicho alguna vez que no doy para más? - aún no me doy cuenta de esos pequeños detalles que me hacen ser… sí, un simple peón. Lo miro atenta, con expectación, con inquietud, y con una cara de no enterarme que ni te cuento. Ya lo dije, no pertenezco a la élite, al sindicato, esa gran familia… <<>> palabras que salen de su boca de un golpe, quién sabe si habrán pasado por su cerebro, pero así que las lanza el tío sin cortarse. Miro la barandilla, lo miro a él y cómo no, me miro sí, el culo aferrándome a la idea de que en el fondo, él piensa en lo de la caca de paloma. <<>> Ahí lo tenemos: mi representante, mi defensor, mi héroe de andar por casa. Lo dicho, alguien iba a fastidiarme el día.
Y a todo esto, intento desviar la conversación no sea que se ponga a llorar, imaginándose al encargado llegar y verme de esta guisa. <<>> medito sin llegar a terminar. <<>> responde él - sí, el sindicalista - <<>> Ah, ahora ya está claro. Sí, sí, cristalino. Yo, en mi increíble torpeza no habría sido capaz de dar una respuesta tan elaborada y dicho sea de paso, tan acertada. Aún así me arriesgo - cuán osada es la ignorancia - y de nuevo, pregunto. <<>> y antes de que llegue a terminar - oír para creer - me habla de - me cuesta hasta decirlo - ¡la mili! obligatoria en sus tiempos, origen de increíbles anécdotas para contar y contar y… muy útil en estos casos. <<>> y lo dice así, indignado pero contento, respaldando a no sé muy bien quién - de la empresa -que se había atrevido no sólo a abrir MI taquilla, sino a coger MIS cosas. Vaya, pues no sé por qué a mí me parecía raro… mejor, lo ignoro. Pero ahí que sigue, haciendo como que invierte su tiempo en salvaguardar la dignidad de los operarios - simples mortales - estrato al que dejó de pertenecer hace ya tiempo y al que, bajo ningún concepto volverá. Esto queda patente en el mismo momento en que aparece mi digamos, inmediato superior, incapaz él mismo de explicar el hecho. Yo pregunto, de nuevo sí, ¿parecía que me había quedado claro?. Él balbucea y el otro - mi defensor - babea y sonríe a la que se muestra conciliador… paso, abandono el optimismo, la sonrisa, la alegría, la distensión, la serenidad… Tomo fuerzas, aguanto la respiración y... nada, que ahora los dos se van a tomar un café. Lo último, ya lo decía yo. Qué gran día para que aparezca alguien y… en fin, mejor, dejémoslo.
